Catequesis Especial

Viendo la necesidad de brindarles formación cristiana a personas con capacidades diferentes y prepararlos para recibir los sacramentos de iniciación (bautismo, confirmación y comunión); en el año 1999 bajo la iniciativa del Padre Hernán Sánchez Rioja comenzó a funcionar en la Parroquia Sagrado Corazón de Jesús de Gral. Alvear Mendoza  la “CATEQUESIS ESPECIAL”.

El grupo cuenta con un plantel de catequistas que fluctúan entre 5 y 6 personas. Algunas de ellas han sido: Alba de Naldini, Nancy de Herrada, Elba de Bistolfi, Nelda de Bissón, Mabel de Palavecino, Mabel Torti, Norma de Priori, María de Coronel, Carolina Marnetti, Nora de Catania, Hna. Loretto, Hna. Cova, Hna. Encarnación, Hna. Riparatence, Lucero de Cano, Griselda de Dionis.

La catequesis siempre contó con el apoyo espiritual de Sacerdotes, como lo fueron: P. Hernán Sánchez Rioja, P. Jorge Herrera, P. Sergio Román, P. Marcos Gómez y en la actualidad al frente de la misma está el P. Cristian Jurado.

Han podido recibir los sacramentos personas con distintas capacidades, por ejemplo con parálisis celebrar síndrome de Down, T.O.C, autismo, hipoacúsicos, esquizofrenia, personas con problemas de aprendizaje, ancianos con demencia senil, etc.

Los encuentros se realizan los días martes a las 16:00hs. en la Parroquia Sagrado Corazón de Jesús.

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Los Fundamentos

I. Nuestro mundo y la presencia de la debilidad humana


Cada vez es más evidente que nuestro mundo no es excesivamente optimista respecto al humilde, al marginado, al discapacitado, al anciano, al pobre en general. La presencia de la debilidad humana desconcierta y llega a ser piedra de escándalo para un mundo que pone su punto de mira en unos valores muy lejanos de estas acuciantes realidades. En estos momentos de tanta competitividad para nuestros pueblos, especialmente en Occidente, se tiene la convicción, cada vez más arraigada, de que en esta carrera vertiginosa sólo subsistirán los más capacitados, los mejor preparados, los más sobresalientes; en definitiva: los fuertes.

En los países que decimos más desarrollados se da una lucha sin freno por el tener. Para algunos es la lucha sin fin por la propia subsistencia y por crearse un pequeño espacio dentro de la sociedad. Para otros es la carrera desmedida hacia el éxito y el confort. Sin éxito social no hay sitio, ni trabajo, ni casi identidad personal. Parecería ser que en nuestra actual cultura occidental el gran baremo para poder presentar una digna identidad personal se centrara en la eficacia, en la fuerza, en la belleza, en la especialización a ultranza, en la máxima rentabilidad.

La misma educación orienta, no pocas veces, sus esfuerzos hacia la consecución de tales objetivos y hacia la integración masiva en un tal dinamismo, olvidando peligrosamente valores esenciales e imprescindibles para un mínimo desarrollo global del hombre.

Miles de seres humanos, entre ellos especialmente los discapacitados, contemplan atónitos esta carrera vertiginosa donde la concreta realidad personal queda olvidada, si no despreciada, en aspectos esenciales de su desarrollo humano y espiritual.

Las personas que, por múltiples razones, no pueden seguir esta vertiginosa carrera corren el peligro de sentirse inútiles, desvalorizadas, no queribles, con la sensación de ser un peso para el resto de la sociedad. Este es el doloroso sentimiento y la experiencia diaria de muchos seres que se sienten débiles y frágiles dentro de nuestros grupos sociales. La huida y el refugio en la droga, el alcohol, la delincuencia, la prostitución, la marginación, ponen en evidencia, a su vez, la propia impotencia de una sociedad que se vive autosuficiente.

En una lucha tan dura el corazón se endurece y apenas hay sitio para la compasión, la ternura, la comunión y otros valores trascendentales para la verdadera felicidad del hombre.

En un mundo así, fascinado por tales valores, atrapado en estos afanes, ¿cuál es el sitio, el espacio, para todos los seres que sufren algún tipo de discapacidad? ¿Quiénes son hoy los discapacitados? ¿Dónde integrarlos, con qué criterios y cómo? Lo que de ordinario llamamos normalidad y normalización ¿es de verdad lo más humano?


II. El proyecto amoroso de Dios y los débiles del mundo

1. LA VIDA HUMANA TIENE UN VALOR ÚNICO.

La vida de cada ser humano tiene en el proyecto amoroso de Dios un valor único, original, misterioso. El Dios que se revela a través de la historia de la salvación, es un Dios de vida, se goza en ella, la sustenta, la recrea sin cesar, la ama. Desde las primeras páginas del Génesis, la vida aparece como el máximo don, como lo bueno por excelencia, como algo a gozar y a saborear en la gratitud. La creación misma es una experiencia y una manifestación de esta explosión de vida: «Y vio Dios que era bueno...», se repite de forma reiterada en el primer capítulo del Génesis en esa gozosa contemplación de las maravillas que van surgiendo en la creación.

La vida adquiere un tono original cuando se trata del hombre: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza... a imagen de Dios lo creó, macho y hembra los creó... Y vio Dios todo lo que había hecho y todo era muy bueno» (Gén 1,26-27.31).

En este proyecto de Dios, la vida de cada ser humano tiene un valor único, original, misterioso, vida a su imagen. El hombre, cualquiera que sea, puede experimentar que su vida es deseada particularmente por Dios, que está marcada con su sello más personal; puede sentir que Dios se goza de su existencia, de su respiración, de cada latir de su corazón; puede, en fin, verse personalmente reconocido por este Dios que le llama sin cesar a la vida.

Nadie como un ser discapacitado necesita esta vivencia profunda de sentir su vida deseada, reconocida, acogida. Nadie como él necesita experimentar que su vida es, de verdad, un gozo para alguien, para personas muy concretas, un gozo para Dios mismo.

Para posibilitar este descubrimiento de la presencia amorosa de Dios Padre, la persona que por alguna razón esté herida en su corazón necesita de alguien con quien pueda entablar una relación real, profunda, personal, que acepte ser intermediario en este crecimiento suyo, en este proceso de su despertar.

2. EN JESÚS TODA DEBILIDAD HUMANA ADQUIERE UN ROSTRO NUEVO.
La encarnación de Jesús es no sólo un sí pleno y definitivo a la vida, sino la afirmación radical de la dignidad del hombre, la celebración de su ser, de su existencia, de su crecimiento. Todo ser, simplemente por serlo, queda ahí enaltecido, dignificado, reconocido.

Jesús en su encarnación está gritando que todo hombre, sea cual fuere su color, su raza, su familia, su capacidad, tiene su valor, su dignidad, su belleza, su importancia.

Nadie como Jesús en su encarnación dignifica al discapacitado, lo reconoce, lo valoriza, lo embellece, lo integra, lo normaliza. Como todo hombre, el discapacitado tiene derecho pleno a recibir y experimentar en su vida esta mirada novedosa, restauradora, llena de esperanza de Jesús. No es posible integración alguna que quiera llegar a los aspectos más profundos de la vida del discapacitado si olvida esa valoración radical con la que Jesús dignifica al ser humano y que va mucho más allá de la simple capacidad, de la utilidad, de las posibilidades sociales que un hombre pueda tener.

Esta fuerza liberadora de la presencia de Jesús se manifiesta especialmente en el gran acontecimiento de su muerte y de su resurrección (cf CCE 616, 618). Ahí se nos revela el sentido secreto del dolor y del sufrimiento. La debilidad humana y la limitación adquieren un rostro nuevo. En adelante, nuestras heridas interiores y exteriores pueden ser ese lugar original, ese abismo desde el que podemos gritar a Dios y realizar ese encuentro profundo y misterioso con él, convirtiéndose así el sufrimiento en semilla de transformación y de resurrección. Ahí, unidos a Jesús, podemos sentir a Dios como un padre amorosamente presente (CCE 272).

Es cierto que todo ello supone un proceso, a veces largo, en el que no faltan la frustración, la rabia, el escándalo, la protesta, hasta llegar a esa aceptación pacífica y sencilla de la realidad.

Toda persona que sienta en su propia carne o en su espíritu la debilidad, cualquiera que sea, tiene un derecho radical a descubrir en su vida esta mirada original de Jesús, a sentirse reconocido en ella, a saborearla y percibir su calor. Descubrir la misteriosa presencia de Jesús resucitado es vivir en esperanza la restauración definitiva de toda nuestra humanidad: «Sabemos que toda la creación gime y está en dolores de parto hasta el momento presente. No sólo ella, sino también nosotros, que tenemos las primicias del Espíritu, gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción filial, la redención de nuestro cuerpo» (Rom 8,22-23).

3. LA IGLESIA, COMUNIDAD FRATERNAL PARA TODA PERSONA DÉBIL.

La Iglesia realiza, al estilo de Jesús, su labor evangelizadora con palabras y con obras, proclamando el evangelio y con el testimonio de su vida: «Evangelizar significa para la Iglesia llevar la buena nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad» (EN 18; cf CCE 763-764).

Los seres afectados por alguna discapacidad tienen necesidad de encontrar en la vivencia de la comunidad una mirada de comprensión, de bondad, de gozo; la experiencia confiada de sentirse queridos por sí mismos, por lo que sencillamente son. Necesitan una vivencia comunitaria que sea restauradora, reparadora, que les permita encontrar el gozo de ser, de existir, de compartir. Juan Pablo II lo recuerda con precisión refiriéndose a la importancia de su vida afectiva: «La vida afectiva de las personas discapacitadas deberá recibir especial atención... Que puedan encontrar una comunidad llena de calor humano, donde su necesidad de amistad y de afecto sea respetada y satisfecha en conformidad con su inalienable dignidad moral...» (Roma, abril, 1984).

Hoy más que nunca, ante los numerosos problemas de marginación en todas sus facetas, nuestras comunidades cristianas están urgidas por este estilo tan novedoso de Jesús de hacerse presentes en medio de la debilidad humana.

Frente a los valores de la eficacia, del hiperactivismo, del poder de las ideas, los discapacitados nos revelan el valor de la relación, la riqueza del corazón, el valor de la humildad y de la debilidad aceptada y acogida. Son profetas silenciosos. Es fácil dejarlos de lado, considerarlos inútiles y pasar de largo. Sin embargo, su silencio es una llamada a la vivencia comunitaria, una invitación a la comunión. Es el gran signo del Reino en todos los tiempos: «En esto reconocerán todos que sois mis discípulos, en que os amáis unos a otros» (Jn 13,35).

La comunidad cristiana universal siempre se ha sentido urgida por la presencia de la debilidad humana. Los cristianos que en los siglos pasados querían vivir según el estilo y la manera de ser de Jesús, levantaban hospitales, escuelas, hospicios, dispensarios, que respondían a las necesidades y urgencias del momento. Ellos percibían con especial clarividencia la presencia de la pobreza y la debilidad en sus múltiples manifestaciones. La catequesis especial para las personas con discapacidad tuvo su gran aliento en los años del Vaticano II y se amamantó y creció con la gran movilización teológica, pastoral y pedagógica que significó su puesta en marcha.

Coincidiendo con la creciente sensibilización y atención científica de la sociedad al problema de la discapacidad, el Concilio se refiere explícitamente a la atención especial que deberá dispensarse a las instituciones que se dedican a la educación y asistencia de los minusválidos (cf GE 9).

Con frecuencia la voz de la Iglesia ha resonado con alegría y con fuerza para afirmar el lugar escogido que tienen dentro de la misma Iglesia los discapacitados y todas las personas e instituciones que les acompañan1. Así lo expresan en concreto los documentos de los últimos papas. Pablo VI, que «se ha constituido abogado de esta parte tan desfavorecida de la humanidad doliente», con diversos motivos y en diversas ocasiones quiso atraer la atención de todos los cristianos sobre la presencia en nuestra sociedad y en nuestra Iglesia de un número creciente de niños, jóvenes y adultos, discapacitados o inadaptados. Juan Pablo II ha subrayado también la importancia que tiene para la Iglesia ver en los discapacitados la imagen viva de Cristo redentor de los hombres y la necesidad de una acogida plena en la comunidad cristiana: «Las comunidades cristianas deben ofrecer señales evidentes de credibilidad, a fin de que los hermanos afectados por una discapacidad no se sientan extraños en la casa común que es la Iglesia» (En el jubileo de comunidades con personas discapacitadas; Roma, 1 de abril de 1984).

De igual modo lo expresan las conferencias episcopales de los distintos países. La Conferencia episcopal española, desde su XVIII asamblea plenaria, viene insistiendo explícitamente en la necesidad de que la pastoral de la Iglesia tome en consideración las exigencias y necesidades de los niños, jóvenes y adultos discapacitados o marginados, dedicando personas y medios para su atención. Insiste en la importancia de integrarlos en la comunidad cristiana, ayudándoles a evolucionar religiosamente. Su vida, aunque limitada, merece todo el respeto de la comunidad de los creyentes. Considera pastoralmente urgente organizar la educación religiosa en este ámbito, preparar a catequistas y sacerdotes especializados y nombrar delegados diocesanos que se ocupen de toda esta realidad (cf Orientaciones pastorales y pedagógicas de la Comisión episcopal de enseñanza y catequesis, Atención a los minusválidos en la Iglesia y en la escuela 1986).

También en otros países latinoamericanos, los documentos eclesiales han ido reflejando este camino, manifestado ya por la experiencia de las comunidades parroquiales, diocesanas y nacionales sobre la catequesis de las personas con discapacidad y de sus familias, así como de la formación de sus catequistas y demás agentes pastorales. Las intuiciones, deliberaciones y propuestas de algunos encuentros catequísticos (entre los que se destaca el I Congreso catequístico nacional, celebrado en Buenos Aires del 14 al 17 de agosto de 1962), fueron como el inicio de una serie inagotable de profundización, maduración y consolidación de una pedagogía catequística cada día más cercana a la pedagogía de la revelación, de la celebración litúrgica, de la experiencia de lo cotidiano, de la expresión simbólica (cf Conferencia episcopal argentina, Buenos Aires, 30 de agosto de 1967).

fuente: mercaba.org